Durante años, en Argentina nos impusieron una narrativa donde el género dejó de ser una categoría de análisis para convertirse en un dogma. Se construyó un relato tan rígido que terminó por secuestrar el concepto, instalando la idea de que hablar de género es,
exclusivamente, hablar de la mujer como víctima y del hombre como victimario.
Esa dictadura del género único, alimentada desde estructuras cuya inercia cultural persiste, desdibujó la realidad de miles de ciudadanos que no encajaban en el guion oficial.
El resultado de ese relato es lo que hoy todavía encontramos en la “aduana de la comisaría”. Allí, lejos de los despachos oficiales, sobrevive una inercia peligrosa: la sospecha previa hacia el varón. Cuando un hombre intenta denunciar violencia, se choca con un sistema que lo mira con desconfianza o burla.
Se ha instalado la creencia de que el hombre debe “bancársela”, y que cualquier conflicto lo posiciona automáticamente como el agresor. Es una presunción de culpabilidad cultural que ha sobrevivido porque se incrustó en el sentido común de la burocracia de mandos medios.
Esta injusticia se sostiene sobre una omisión estadística deliberada. Es curioso, por no decir cínico, que crucemos la General Paz y la realidad cambie por arte de magia ideográfica. En la Ciudad, donde organismos técnicos como la OVD de la Corte Suprema toman
datos con rigor, sabemos que casi el 27% de las víctimas de violencia doméstica son hombres.
Sin embargo, cruzamos a la Provincia y ese hombre desaparece de los papeles; se convierte en una “cifra negra”, en un fantasma que el sistema se niega a registrar. No es que en territorio bonaerense los hombres no sufran violencia, es que la dictadura del relato necesita que no existan para que la falacia del presupuesto siga funcionando. Lo que no se mide, no se asiste; y lo que no se asiste, se oculta bajo la alfombra de la militancia.
Se nos habló de protección mientras se financiaban estructuras con etiquetas vacías. Mientras se inflaban números bajo “perspectiva de género”, el hombre víctima seguía y sigue solo: sin teléfonos de contención específicos, sin refugios y bajo la constante amenaza de protocolos que lo alejan de sus hijos sin investigación previa.
Es hora de entender que el género es dualidad, no exclusión. El desafío actual es desarmar el relato que nos dividió para recuperar la igualdad ante la ley. Una sociedad libre necesita una justicia que deje de mirar el sexo de quien denuncia y empiece a mirar la
verdad. Solo así podremos decir que estamos protegiendo a las personas, y no a los mitos.





