Tengo la mala costumbre de estar siempre mirando el reloj. Pareciera como si estuviera midiendo cuántos minutos me quedan para saltar de una actividad a otra. Las rutinas fijas me delimitan la semana. Me cuesta disfrutar de lo que hago porque ya estoy pensando en lo que
viene después… Pero, al mismo tiempo, después siento que no tengo tiempo para nada.
A pesar de tener todos los días planeados, aparece la sensación de que nunca alcanza. Postergamos lo que realmente queremos hacer y priorizamos todo lo demás: lo urgente, lo necesario o lo que “tiene que ser ahora”. Entonces, ese momento esperado se corre. Siempre queda para después. Y ese “después” no llega.
Nunca terminamos de estar satisfechos con la vida que tenemos, pero confiamos en que en algún momento va a cambiar. Como si la vida real estuviera por empezar en otro momento; uno que tarda demasiado en llegar. Y, sin embargo, nos sentimos ahogados, como si el tiempo estuviera a punto de acabarse.
Hay algo muy irónico en todo esto: “no tenemos tiempo”, cuando en realidad recién estamos empezando. En teoría, tenemos todo por delante; pero vivimos como si estuviéramos llegando tarde a algo que ni siquiera empezó.
Decisiones como cambiarse de carrera, no estudiar o no trabajar dejan de ser opciones para convertirse en una fuente de angustia. No tanto por lo que implican en sí, sino por la comparación constante. Porque, mientras tanto, otros parecen tener todo resuelto (o, al menos, eso es lo que muestran).
La vida (entre comparaciones y la sensación de que el tiempo se escapa) nos persigue. Así, la comparación se vuelve una forma de medir el tiempo. Y en esa medición, siempre parece que falta algo, que vamos un poco más atrás de lo que deberíamos. Lo que otros hacen con su tiempo (y que sentimos que nosotros no) se vuelve demasiado visible.
Sin embargo, nadie termina de saber exactamente con qué se está comparando. Lo que vemos del otro es apenas una parte: lo que decide mostrar, lo que parece ordenado o lo que da la impresión de encajar.
Mientras tanto, seguimos mirando el reloj. Como si en algún momento fuera a indicarnos que ya está: que llegamos, que ahora sí estamos en el lugar correcto, en el tiempo correcto, haciendo lo que deberíamos. Aunque ese momento no aparece.
Cuesta aceptarlo, pero tal vez no estamos llegando tarde a nada. De hecho, hay demasiados ejemplos de personas que “llegaron” bastante más tarde… Pero llegaron igual.
Por eso, el reloj no está marcando una cuenta regresiva, ni señalando un atraso: solo está marcando el paso del tiempo, sin apuro y sin instrucciones. La aguja se mueve a la par que nuestra vida. Nadie corre atrás tuyo. Los cambios en nuestro día a día son importantes para encontrar un objetivo superior; un destino, si se puede decir.
Es fácil decir que tenemos tiempo. Sé que es difícil ponerlo en práctica.





