En Argentina, el problema no es solo económico ni ideológico. Es territorial. Hay jóvenes que no sueñan con irse del país, sino con conocerlo. Y eso dice más del poder que cualquier discurso sobre federalismo.
“Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires”: la frase incómoda que explica por qué miles de jóvenes estudian para irse.
Nunca me gustó esa frase. Siempre me pareció exagerada. Hasta que crecí. Y entendí que no hablaba de fe. Hablaba de poder.
Me crié en eso que llaman “el interior”. Y con los años entendí algo: no es un lugar. Es una posición.
Porque “el interior” no se mide en kilómetros. Se mide en relación a dónde están las decisiones.
A los 17 años me fui de Gualeguaychú, provincia de Entre Ríos, a estudiar mi primera carrera. Y siempre digo lo mismo: yo vengo del interior, de un interior con suerte, cercano.
Pero hay una pregunta que sigue incómoda: ¿interior con respecto a qué?; ¿o con respecto a quién?
Yo estaba relativamente cerca. Y aun así, no era fácil. Hoy me preocupan ellos. No los que discuten política en televisión. No los que hacen ruido en redes.
Los otros.
Los jóvenes que nacieron lejos del centro real de oportunidades.
Hace poco estuve en Cataratas del Iguazú con mis hijos. Un lugar que es, probablemente, uno de los centros turísticos más importantes del país. Ahí conocí a Ariel, 22 años, remisero, casado, con una hija de un año. Durante varios días me llevó y me trajo. En una de esas charlas simples, me dijo algo que no me olvido más: su sueño era conocer el Obelisco y ver “qué pasa en Buenos Aires, si es como se ve en la tele”.
No hablaba de viajar al exterior. No hablaba de progresar económicamente; hablaba de conocer su propio país.
Ahí entendí todo.
Esto no es pobreza, es distancia del poder.
Distancia real con las oportunidades, con la información, con las decisiones.
Distancia con una Argentina que concentra y define.
Hoy más del 30% de los estudiantes en parajes rurales tienen problemas de conectividad, mientras en el lugar donde “todo pasa”, el drama es cuando el Wi-Fi anda lento.
En muchas regiones, terminar el secundario ya es un logro. Y acceder a estudios superiores implica, casi siempre, irse.
No por elección sino por necesidad. Y sin embargo, insisten.
Estudian.
Trabajan.
Se esfuerzan.
Con reglas distintas.
Mientras tanto, el país sigue funcionando con una lógica que ya no se puede romantizar: no es solo desigualdad, es centralismo.
El poder se discute en Buenos Aires.
Las oportunidades también. Y el resto, incluso haciendo todo bien, queda afuera de la conversación.
Ahí está la verdadera fractura. No es ideológica. Es territorial.
Hay una Argentina productiva, que se levanta temprano, que empuja pero no está en la mesa donde se decide.
Y entonces la pregunta es inevitable para quienes hablan de federalismo todos los días, para quienes gobiernan, para quienes repiten esa palabra como consigna:
¿cuándo van a mirar a estos jóvenes?
¿cuándo van a entender que ahí está el futuro real del país?
Porque no son una excepción. Son miles.
Son una generación entera que entendió algo antes que nosotros: que en Argentina, muchas veces, crecer no es desarrollarse donde estás… es irte.
Hay una Argentina que no aparece en la agenda: la de los jóvenes que no piden privilegios.
Piden algo mucho más básico: la posibilidad real de quedarse… y progresar en su lugar de pertenencia.
Y tal vez ya sea hora de decirlo sin eufemismos: no alcanza con hablar de federalismo.
Hay que hacerlo real.
Porque un país donde el sueño es conocer el Obelisco no es un país federal.
Es un país que expulsa talento… hacia su propio centro.





