La economía de Estados Unidos sorprendió al mercado con una expansión del 4,3% anual en el tercer trimestre, el crecimiento más fuerte registrado en los últimos dos años. El dato, difundido por el Departamento de Comercio, superó ampliamente las previsiones de los analistas y reflejó un sólido impulso del consumo privado, las exportaciones y el gasto público.
Entre julio y septiembre, el Producto Interno Bruto (PBI) aceleró su marcha respecto del trimestre anterior, cuando había crecido al 3,8%. Las estimaciones privadas anticipaban una suba cercana al 3%, por lo que el resultado final reforzó la percepción de que la economía estadounidense mantiene un dinamismo mayor al esperado, incluso en un contexto de tasas de interés elevadas.
El consumo sostuvo la expansión y descolocó a los analistas
El principal motor del crecimiento fue nuevamente el gasto de los consumidores, que mostró una fortaleza persistente pese al endurecimiento de la política monetaria. A ese factor se sumaron un repunte de las exportaciones y un mayor nivel de gasto gubernamental, que en conjunto empujaron la actividad a su mejor desempeño desde 2023.
El informe oficial se conoció con demora debido al cierre parcial del gobierno federal, pero su impacto fue inmediato en los mercados y en el debate económico, ya que confirma que la economía sigue avanzando a un ritmo que dificulta una baja rápida de la inflación.
Inflación persistente y dudas sobre un recorte de tasas
A pesar del crecimiento, el frente inflacionario volvió a generar preocupación. El índice de precios de gastos de consumo personal (PCE) —la referencia preferida de la Reserva Federal— registró una suba anual del 2,8%, por encima del 2,1% observado en el trimestre previo.
Si se excluyen alimentos y energía, la inflación subyacente se ubicó en el 2,9%, también en alza frente al 2,6% anterior. Estos niveles se mantienen por encima del objetivo del 2% fijado por la Fed y refuerzan la cautela dentro del banco central.
Economistas y analistas coinciden en que la persistencia inflacionaria podría reducir las chances de un recorte de tasas en el corto plazo, incluso cuando la Reserva Federal sigue monitoreando señales de enfriamiento en el mercado laboral. El dilema es claro: una economía que crece con fuerza, pero con precios que todavía no ceden lo suficiente.
En ese equilibrio delicado, las próximas decisiones de política monetaria dependerán de si la inflación logra moderarse sin frenar bruscamente la actividad, un desafío que vuelve a colocar a la economía estadounidense en el centro de la escena global.





