La eliminación de River Plate en la fase de grupos del Mundial de Clubes volvió a poner en evidencia un fenómeno que se repite sistemáticamente en el club de Núñez: las derrotas no tienen responsables. Mientras otros equipos enfrentan críticas directas y señalamientos cuando los resultados no acompañan, en River las caídas se transforman en “derrotas huérfanas”, donde nadie asume la responsabilidad del fracaso.
Antes de llegar al presente, hagamos un breve repaso del día a día de River. La historia reciente del Millonario está plagada de episodios que ilustran esta situación. El despido de Demichelis fue presentado por la prensa como “la despedida de un hijo de la casa que tiene las puertas abiertas para regresar”, cuando en realidad había sido echado de manera escandalosa en pleno mercado de pases. Los jugadores que había incorporado quedaron en el olvido, cobrando sus contratos sin protagonismo: casos como Carboni (que ni llegó a debutar), Fonseca o Gattoni son la prueba de esto.
La llegada de Marcelo Gallardo implicó una nueva inversión millonaria en el mercado, mientras los futbolistas del anterior ciclo técnico se desvanecían sin explicaciones. Boselli se marchó a Estudiantes de La Plata y muchos otros corrieron la misma suerte, pero este doble mercado de pases en una sola ventana no generó cuestionamientos.
La Copa Libertadores del año pasado representó otro episodio de esta tendencia. River tenía la chance de definir la final en el Monumental y la prensa auguraba el título, pero el papelón en semifinales ante Atlético Mineiro fue presentado como “épica” (ya que tenía que levantar un resultado adverso en Brasil) en lugar de analizarse como una derrota con responsables. Posteriormente, la caída en la Supercopa Internacional ante Talleres también quedó huérfana de culpables.
En el campeonato local, la eliminación de local frente a Platense incluyó actuaciones arbitrales polémicas que no generaron el análisis correspondiente, mientras paralelamente se especulaba sobre el futuro técnico de Boca tras su eliminación con Independiente. Todo apunta a un patrón claro: parece estar prohibido siquiera esbozar un leve cuestionamiento hacia el cuerpo técnico o la dirigencia.
La participación en el Mundial de Clubes expuso las falencias del proyecto. River integraba uno de los grupos más accesibles para la clasificación, ya que al ser cabeza de serie, se aseguró enfrentar solo a un equipo europeo. Pero solo logró convertir goles ante el Urawa Reds. La derrota 2-0 ante Inter de Milán, donde el equipo se mostró superado en todos los aspectos, terminó con jugadores expulsados y una imagen deplorable. Pero la verdadera eliminación de River se había dado con el partido ante Monterrey, donde el equipo de Gallardo no pudo hacerle un gol a un equipo claramente inferior en la mayor parte del partido.
La explicación oficial se centró en “la gran diferencia entre equipos sudamericanos y europeos”, como si fuera un descubrimiento. Y, me reitero, como si River no hubiese quedado virtualmente eliminado cuando no le ganó a un equipo mexicano. Esta narrativa también ignora que River había invertido cerca de 60 millones de dólares en refuerzos que, en su mayoría hasta ahora no han rendido, incluyendo la incorporación de un volante central de 40 años como Enzo Pérez.
El análisis de las contrataciones revela un patrón preocupante. Pity Martínez llegó con dos cruzados rotos, Rojas con un historial de lesiones que le impide jugar, y Tapia con rendimientos irregulares. Kranevitter no tiene continuidad, Nacho Fernández muestra signos de desgaste, y Enzo Pérez está cerca del retiro. Vale agregar algo más: con todas las incorporaciones que se hicieron, el equipo este semestre terminó dependiendo de lo que producía Franco Mastantuono en ataque, a quién ahora algunos pretenden convertir en villano por su ida al Real Madrid.
Ahora con ese dinero River se apresta a gastar casi 20 millones de dólares en Salas, pagando 8 millones por la cláusula más impuestos, sumando un contrato cercano a los 10 millones por la duración de su vínculo con el club. También se sumaron Driussi por 11 millones y el colombiano Castaño por otros 13 millones.
El contraste con el tratamiento mediático hacia otros clubes es evidente. Mientras Boca enfrenta críticas directas y señalamientos a sus dirigentes por fracasos similares, River opera en una burbuja donde las responsabilidades se diluyen. No hay apodos despectivos para Jorge Brito, Enzo Francescoli o Leonardo Ponzio. No se cuestiona el rol de cada uno en los fracasos deportivos. La gestión de Gallardo tampoco genera el análisis crítico que merecería una inversión de estas magnitudes sin resultados acordes. El técnico maneja tanto el aspecto deportivo como decisiones de mercado, pero esta concentración de poder no se somete a escrutinio.
Esta situación genera un efecto perverso: los hinchas de River se distraen con los problemas de otros clubes mientras se acumulan las propias deficiencias. La falta de autocrítica impide identificar problemas estructurales que requieren soluciones urgentes.
River carece de un volante central y un delantero de jerarquía, tiene un plantel con promedio de edad superior a los 30 años, y mantiene una política de contrataciones que privilegia nombres por sobre necesidades tácticas. Sin embargo, estos aspectos quedan opacados por la narrativa de las “diferencias entre fútbol sudamericano y europeo”.
El futuro deportivo de River dependerá de que se rompa esta dinámica de irresponsabilidad. Mientras las derrotas sigan siendo huérfanas y los fracasos se justifiquen con lugares comunes, los problemas de fondo permanecerán sin resolver. La inversión millonaria sin resultados deportivos acordes debería generar un debate interno sobre la eficiencia del modelo de gestión actual.
El Mundial de Clubes dejó en evidencia que 60 millones de dólares no garantizan competitividad si no existe una planificación deportiva coherente. River necesita una autocrítica profunda que identifique responsables y genere soluciones, porque las derrotas huérfanas solo postergan los problemas sin resolverlos.





