Una nueva alarma suena en las casas argentinas. Esta vez, no viene de la televisión, ni de los medios que usualmente amplifican las crisis sociales; viene del corazón mismo de la niñez y la adolescencia, donde, en silencio y sin demasiadas preguntas, el alcohol se ha vuelto parte del paisaje. Según el último informe del Observatorio de Adicciones y Consumos Problemáticos de la Defensoría del Pueblo de la Provincia de Buenos Aires, el consumo de alcohol comienza en algunos chicos antes de los 12 años. No es una exageración. Es un dato crudo, urgente y absolutamente real.
En palabras de Walter Martello, Defensor del Pueblo Adjunto, lo que se está viendo es un inicio más temprano en la edad de consumo, con un acceso facilitado y normalizado. “Ya no sorprende que un niño de 12 años haya probado bebidas como fernet, vodka o cerveza. Lo más preocupante es que, en muchos casos, esto ocurre con la naturalización del entorno familiar”, advierte Martello. Fuente: Infobae, 22/05/2025
¿Qué está pasando? ¿Dónde están los adultos?
En contextos escolares, fiestas familiares, reuniones informales o salidas de fin de semana, el alcohol circula como un acompañante más. Muchas veces, se brinda incluso desde una supuesta pedagogía del “mejor que tome en casa y no en la calle”, un razonamiento que busca justificar la permisividad sin asumir las consecuencias.
La pregunta que nos interpela es: ¿en qué están los padres? No se trata de juzgar, sino de entender. Hay algo que está fallando en la transmisión de límites, en la presencia adulta, en la capacidad de advertir lo que está ocurriendo frente a nuestros ojos. “Los padres están en otra cosa”, se suele decir. Pero la verdad es más cruda aún: no sabemos en qué están.
Vivimos en una sociedad hiperconectada pero desconectada emocionalmente. Los adultos enfrentan largas jornadas laborales, preocupaciones económicas, un bombardeo constante de estímulos y una presión por rendir y “ser felices” que muchas veces los deja exhaustos. En ese agotamiento, se corre el riesgo de delegar el acompañamiento de los hijos al azar, a los pares o a las pantallas.
El espejo cultural
En Argentina, como en buena parte del mundo occidental, el consumo de alcohol no solo está naturalizado, sino que se asocia al disfrute, al ritual social, incluso al crecimiento. Se brinda en bautismos, cumpleaños, egresos y cenas. ¿Cómo podemos entonces exigir a los adolescentes que tengan una relación crítica o prudente con el alcohol si crecen viendo que es sinónimo de alegría, pertenencia y madurez?
Este reflejo cultural tiene una potencia brutal. La presión de grupo, el deseo de encajar, la búsqueda de identidad en la adolescencia son combustible perfecto para que el consumo comience cada vez más temprano y con menor cuestionamiento.
Según el informe de la Defensoría, el 68% de los adolescentes ha consumido alcohol alguna vez en su vida. Un 77,7% de las chicas lo hizo antes de los 14 años. Las cifras se traducen en realidades concretas: vómitos, desmayos, cuadros de intoxicación e incluso internaciones. Pero el daño más silencioso —y más profundo— se da a nivel neurológico y emocional. El cerebro de un menor de edad no está preparado para metabolizar el alcohol, y los efectos sobre el desarrollo cognitivo y afectivo pueden ser severos y duraderos.
La conversación pendiente
El diálogo entre padres e hijos sobre el alcohol es una conversación pendiente, esquivada o minimizada. A veces, por vergüenza. Otras, por ignorancia. Y muchas, por miedo a parecer represores o desconectados. Pero educar también es incomodar. Es sostener el límite aunque genere malestar. Es mirar de frente lo que nos duele.
Los adolescentes necesitan contención, pero también dirección. No basta con la presencia física: hace falta presencia emocional, afectiva, ética. Estar no es solo “estar ahí”. Es preguntar, escuchar, observar, poner palabra, marcar el no cuando hay que hacerlo.
Volver a habitar el rol parental
Este no es un llamado al control autoritario ni a la persecución moral. Es una invitación urgente a volver a habitar el rol de madres y padres. A reconocer que el entorno familiar es el primer espacio de prevención o de riesgo. A revisar nuestras propias prácticas, discursos y contradicciones.
¿Bebemos delante de nuestros hijos? ¿Hablamos con ellos del alcohol? ¿Sabemos con quién salen, a dónde van, qué les pasa? ¿Les damos el tiempo que necesitan o solo el que podemos? ¿Elegimos mirar o preferimos no saber?
La adolescencia es una etapa clave. Allí se construyen hábitos, vínculos, límites y libertades. Si la dejamos a la deriva, el costo no será solo individual, sino colectivo. Como adultos, no podemos seguir mirando para otro lado. Porque si no estamos ahí cuando se inicia el consumo, difícilmente estemos presentes cuando llegue el daño.
Porque más allá de los informes, las cifras y las estadísticas, la pregunta que sigue en pie —dolorosa, urgente y necesaria— es la más simple y brutal de todas: ¿dónde están los padres?
IG adriandallastaok
Especialista en temas de familia y adolescencia





