Estimado lector: Llegamos a la octava entrega de Generación Equis y hoy compartimos algo que en los ochenta era casi un privilegio: el uso del baño.
Lo normal era que hubiera uno solo por casa, incluso para una familia numerosa como la mía. En total éramos siete: mis viejos y cinco hermanos, con trece años de diferencia entre el más grande y el más chico, y yo en el medio, de árbitro, sin saber nunca dónde estaba parada. Las habitaciones se compartían, y la intimidad era un lujo difícil de conseguir que en muchos casos ni figuraba en los planos.
Había leyes estrictas: entrar, bañarse y salir. Si del otro lado esperaba alguien, alcanzaba con un golpe seco en la puerta para recordarte que el mundo no terminaba detrás de ella. En aquellos años el gas natural no había llegado a muchas ciudades alejadas de la Capital Federal, así que una ducha de más desataba un escándalo familiar inmediato. El agua caliente venía de una garrafa de 45 kilos que costaba plata y no se renovaba por arte de magia. Mi mamá salía a trabajar temprano y mis hermanos y yo también, rumbo a la escuela, de modo que a la mañana la ley del baño se cumplía a rajatabla.
Con una sola excepción: mi papá, que como tenía otros horarios de trabajo se podía dar ciertos lujos hogareños, como baños de hora y media. Ninguno de la familia entendía muy bien qué hacía ahí adentro, porque con ese tiempo no se trataba solo de enjabonarse: seguramente también se afeitaba, se cortaba las uñas con una prolijidad absoluta y se perfumaba a más no poder. Todo esto, y más, con la radio AM a todo trapo, una de esas que se oía con ruido de fondo, puesta en el dial de su programa favorito. Todavía me parece escucharlo respondiendo al conductor que editorializaba del otro lado del parlante, como si el tipo pudiera oírlo.
Los golpes secos a la puerta no llegaban hasta él. Cada vez que había alguien en casa con ganas de usar ese lugar tan preciado y papá seguía adentro, me tocaba a mí, que para algo hacía de árbitro, insistir y rogarle por favor que saliera.
Ahora los que se quedan de más ahí adentro son otros. Hoy este espacio, que en nuestra época era zona de tránsito, se convirtió en una especie de camarín o estudio de producción audiovisual, donde nuestros hijos son capaces de pasar veinte minutos celular en mano, frente al espejo, mirándose desde distintos ángulos para lograr el mejor retrato. Cuando hay reuniones de amigos adolescentes, yo me quedo en mi habitación, presa en mi propia casa. Escucho su música, las risas y por supuesto la puerta del baño que se abre y se cierra cada diez minutos. Al día siguiente, navegando en redes, entiendo por qué.
Las cosas cambiaron: la privacidad dejó de ser tal porque el aparato llamado celular se metió en cada uno de los rincones del hogar. Nosotros compartíamos el dormitorio porque no nos quedaba otra, y por eso hasta escuchábamos las conversaciones ajenas a través de la pared y convivíamos a la fuerza. Hoy alcanza con cerrar la puerta, ponerse los auriculares, tirarse en la cama y armarse un mundo propio, igual que cuando nuestros hijos se encierran en el baño a sacarse la selfie. Con esto no quiero sentenciar qué generación es mejor o peor, simplemente hacer una radiografía casera de la brecha generacional.
Pasados ya los 50, la gran meta del día es conseguir diez minutos ininterrumpidos frente al lavatorio sin que nadie abra la puerta para buscar un desodorante o preguntar dónde quedó el short de fútbol. Pasamos de negociar la garrafa con nuestros viejos a hacer guardia en el pasillo esperando que el influencer de la casa termine su producción fotográfica. Siempre hay alguien del otro lado apurándote para entrar. Y recién ahora, cuarenta años después, entiendo qué hacía mi papá una hora y media ahí adentro.





