Estimado lector:
Llegamos al capítulo seis de esta saga y, a esta altura, uno se pregunta cómo sobrevivimos para contarlo. Si algo nos enseñó aquella infancia de los ochenta fue a no hacer demasiadas preguntas. Las cosas eran de una sola manera y listo.
En mi casa, el almuerzo no era una comida, era una ceremonia de aprendizaje. Había que comer con la boca cerrada, masticar en silencio y mantener los brazos pegados al cuerpo como si tuvieras dos libros apretados bajo las axilas. Y, por supuesto, jamás existió el menú a la carta. Si te tocaba hígado y ponías cara fea, mi viejo cerraba el tema antes de que empezara: “Esto no es un restaurante”.
El dogma se respetaba a ciegas, incluso cuando la realidad chocaba de frente contra la mesa. Me acuerdo del día en que la señora que ayudaba en casa preparó un pastel de papas. Nos sentamos todos, mi papá encabezando la mesa con el rigor habitual, y nos sirvieron una fuente que a simple vista se veía rara. La mujer, buscando darle un toque decorativo, le había incrustado clavos de olor alineados en filita sobre la capa de puré. Era directamente intragable. Nadie se atrevió a decir una palabra hasta que mi papá dio el primer bocado, puso cara de espanto y ordenó que lo tiráramos a la basura. No recuerdo que almorzamos ese día.
Tampoco existía el derecho a réplica para casi nada. Un «no» era cosa juzgada, y una mirada desde la mesada alcanzaba para pasarte la tarde repasando en qué te habías equivocado. Las penitencias eran simples: a la cama a ver pasar el domingo por la ventana. Aprendimos a convivir con eso a pura astucia, caminando sin hacer ruido o pegando adornos rotos con La Gotita antes de que alguien lo notara.
En la salud y el colegio la regla era arreglarse solo. Salvo que tuvieras cuarenta de fiebre, ibas a clase. Si te raspabas las rodillas, te tiraban una chorreada de Merthiolate en la carne viva, te decían “soplá, solpá que se pasa” y a seguir jugando. Las láminas de Geografía se hacían solas, con la enciclopedia del mueble del comedor, tres cartulinas y un marcador seco. Si te sacabas un tres, el reclamo no era para el colegio; la bronca caía entera sobre vos.
Uno creció así, entendiendo bastante rápido que había cosas que no se discutían y que, si algo salía mal, primero había que buscar la manera de resolverlo. No había demasiadas explicaciones ni adultos preguntando qué necesitábamos. Había que hacer lo que correspondía y seguir adelante.
Lo curioso es que después nos tocó ser adultos a nosotros. Veníamos preparados para repetir la historia, pero la paternidad nos fue cambiando las reglas casi sin que nos diéramos cuenta. Empezamos a preguntar, a negociar, a explicar y, en algunos casos, hasta a preparar otra cosa si lo que había en el plato no gustaba.
Días atrás, en casa cociné un pastel de papas y lo serví. Mi hijo miró el plato con desconfianza, corrió la carne con el tenedor y soltó: “A mí la carne picada me da asco, ¿no me hacés una tostada?”. Y allá fui, directo a la cocina, a prender la tostadora.
Mientras esperaba que saltara el pan, me acordé de mi papá y de aquel «esto no es un restaurante». Pensé en la cantidad de veces que nosotros escuchamos un «no» sin demasiadas explicaciones y en cómo terminamos haciendo tantas cosas diferentes con nuestros hijos. Nosotros, que crecimos esperando nuestro turno para hablar, ahora escuchamos opiniones sobre la comida, la ropa, el colegio, la hora de dormir y hasta el destino de las vacaciones.
No sé exactamente en qué momento pasamos de obedecer una orden a discutir durante veinte minutos qué vamos a cenar. Lo cierto es que nos tocó vivir los dos lados de la mesa: primero fuimos los que comíamos lo que había y después fuimos los que preguntamos qué querían comer.
Y así, casi sin darnos cuenta, pasamos del régimen del hígado a la asamblea permanente.
Por suerte, para algunas cosas todavía sabemos decir que no. Aunque después haya que explicar por qué.





