Miguel Ángel Pichetto es el manual de instrucciones viviente. El hombre que fue la espada legislativa de los doce años de kirchnerismo y que luego, sin parpadear, aceitó los consensos parlamentarios para el gobierno de Mauricio Macri, hoy se planta como un faro del pragmatismo frío. Mientras el peronismo se enreda en debates morales y lamentos públicos, Pichetto leyó el tablero antes que nadie: vio que la gente se está endeudando con la tarjeta de crédito para comprar fideos en el supermercado y, con el olfato del viejo lobo que no se pierde un velorio político, fue a sentarse a solas con Cristina Kirchner. Pichetto es un personaje que no da lugar al romance ni al rencor, es matemática pura, porque entiende que para ganar y armar un frente opositor con chances hay que sentarse a conversar con la dueña de las acciones, le guste a quien le guste.
Puertas adentro del peronismo, el drama judicial de Cristina dejó de ser un problema de tribunales para convertirse en el filtro definitivo de la lealtad. La discusión sobre el indulto no es más que el examen con el que el Instituto Patria mide el “fidelómetro” de los presidenciables. Juan Grabois, siempre rápido para tirar la primera piedra mediática, se calzó el traje de vanguardia y avisó sin vueltas que, si llega a la Rosada, la indulta al día siguiente por una mezcla de convicción y desprecio intelectual hacia el elenco libertario. Grabois juega un juego cómodo: el de la pureza ideológica que junta aplausos en las redes y en la militancia dura, pero que no tiene que gestionar las consecuencias de su audacia en el conurbano profundo. Para él, el indulto es una bandera de campaña; para el resto, un pagaré indeseado.
El que de verdad transpira la camiseta del equilibrio es Axel Kicillof. El gobernador bonaerense camina por una cuerda floja compleja: necesita imperiosamente el calor de La Cámpora y del kirchnerismo duro para que no le vacíen el territorio, pero a la vez vive con el trauma de terminar convertido en un delegado dócil, un dirigente atrapado en la misma trampa de subordinación que licuó a Alberto Fernández hasta hacerlo desaparecer. Por eso, tras la ratificación judicial contra Cristina, Kicillof pataleó hablando de un atropello institucional, mientras que su entorno se encargó de filtrar con calculada tibieza que “no rechazaría” un indulto si fuera presidente. Esta maniobra es la encrucijada actual: la agenda de Cristina, la “otra jefa” , funciona como un cepo político tan asfixiante que vacía de contenido cualquier propuesta de futuro, obligando al candidato a dar exámenes de fidelidad todos los días.
Abajo, en el barro de la militancia territorial, las sutilezas de los despachos se transforman en marchas como la de Tandil esta semana . Bajo la consigna de que “sin democracia no hay libertad”, las bases intentan corporizar un reclamo que arriba se usa para negociar listas y presionar candidatos. Es una contradicción total: dirigentes como el “Cuervo” Larroque piden a gritos no utilizar la causa de Cristina para las miserias de la interna, mientras que toda la arquitectura del movimiento está hoy diseñada exclusivamente en torno a su situación judicial.
El peronismo está metido en un laberinto bravo. Al final, el verdadero desafío hoy no pasa por los tribunales, sino por ver quién agarra el timón de lo que viene. Tienen que decidir si procesan de una vez la realidad de Cristina para armar una alternativa en serio que vuelva a tener peso, o si se quedan estancados convirtiendo los fallos judiciales en su única propuesta política. Si eligen esto último, se condenan a correr siempre de atrás, regalándole la cancha libre y el control absoluto de la agenda al Gobierno.





