InicioOpiniónMicrófonos, espejos y el DJ del Olimpo

Micrófonos, espejos y el DJ del Olimpo

Resulta que ahora, en la Casa Rosada, el deporte nacional no es bajar el riesgo país, sino jugar a las escondidas. La Sala de Periodistas ha sido clausurada bajo la sospecha de que, entre los cables de las computadoras y los restos de facturas de ayer, anidan micrófonos dignos de la Guerra Fría. Uno imagina a los acreditados, gente que apenas sobrevive a fuerza de café recalentado, convertidos de pronto en agentes de la KGB. Es maravilloso: en un país donde no llegamos a fin de mes, el Gobierno se siente en una película de Tom Cruise.

Es que el ego, esa sustancia que en Balcarce 50 parece salir por las canillas, lo inunda todo. Tenemos a Lilia Lemoine, nuestra detective de cabotaje, que sale a la calle con el celular desenfundado como si fuera un sable láser, convencida de que cada transeúnte con un teléfono es un sicario de la información. “Se calman cuando los grabás”, dice ella, con la pose de una domadora de fieras frente al peligro. Un peligro que, casualmente, no es más que un movilero pidiendo una opinión sensata sobre el precio del boleto. El ego es su pan de cada día: a falta de una idea propia que defender, ella necesita fabricarse una persecución épica para que su jornada tenga sentido.

Y miren que lo digo desde este lado del mostrador, donde uno celebra que finalmente se hable de libertad y de sacarle el pie de encima al que produce. Como periodista que cree en las ideas liberales, uno acompaña el norte, pero no puede evitar que se le escape una sonrisa un tanto nerviosa al ver el decorado. Porque una cosa es dar la batalla cultural y otra muy distinta es pelearse con los fantasmas de la sala de prensa. Justamente porque queremos que esto funcione, conviene recordar que la libertad de expresión no es un enemigo infiltrado, sino el aire que debería respirar cualquier proyecto que se precie de ser, precisamente, libre.

Mientras tanto, en el Olimpo de las Finanzas, el ministro Caputo nos pide que afinemos el oído. Cambió ” la música”, anuncia con aires de DJ de casamiento, invitándonos a bailar mientras intentamos mantenernos en  la pista. El problema es que debajo del escenario la gente no sabe si bailar un minué, o salir corriendo, básicamente porque el piso está lleno de cáscaras de banana y la billetera pesa menos que un suspiro. Es la mística de la pirámide: allá arriba se escucha jazz de vanguardia; acá abajo, en la microeconomía de la góndola, reina un silencio prudente cuando los números simplemente no cierran.

Y qué decir de esa nueva aristocracia del teclado, los guerreros de Twitter, que se autoperciben como la guardia pretoriana de una revolución celestial. Se hablan entre ellos, se festejan las “domadas” y usan términos que requieren un manual de instrucciones, todo mientras el Presidente los mira desde la cima de su pirámide, convencido de que la realidad es un feed de noticias que se puede scrollear.

Es un circo de egos tan brillantes que encandilan, pero no iluminan. Porque mientras los funcionarios se persiguen por los pasillos buscando espías imaginarios y se regodean en su propia infalibilidad, la sociedad, esa que está rota, que está cansada, que mira el precio de la leche con la misma angustia que un cirujano mira un monitor; observa el espectáculo con una sonrisa lánguida.

Es casi risueño, si no fuera porque nos toca pagar la entrada. Al final, parece que el mayor enemigo del Gobierno no es el periodismo, ni la oposición, ni los micrófonos ocultos. El mayor enemigo es el espejo, ese que cada mañana les devuelve una imagen tan perfecta que no les deja ver que, afuera del palacio, la música bajó treinta decibeles.

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