Un estudio nacional revela la brecha entre lo que dice la macro y lo que siente el bolsillo. La inflación cede, pero el consumidor no festeja. Y el mercado, mientras tanto, se reconfigura sin avisar.
Hay una escena que se repite en los supermercados argentinos de este verano: el consumidor frente a la góndola, mirando. Compara precios, agarra un producto, lo devuelve. Levanta otro. Lo deja. Se va con la mitad de lo que pensaba llevar. No es indecisión. Es supervivencia.
El Monitor Nacional de Consumo Masivo de marzo 2026 elaborado por Taquion pone números a esa escena cotidiana y el resultado es incómodo para cualquier relato optimista: 7 de cada 10 argentinos no perciben estabilidad de precios. El 42% cree que los aumentos continúan aunque más despacio. El 31% directamente dice que van al mismo ritmo de siempre. Solo una minoría, que el informe no se molesta en destacar porque es estadísticamente irrelevante, siente que los precios se acomodaron.
La inflación desacelera. Los índices bajan. El gobierno comunica estabilidad. Y sin embargo, en la experiencia diaria del supermercado, en la decisión de compra de cada jueves, en la revisión del ticket al salir de la caja —nada de eso se siente. Esta es la paradoja más honesta del momento económico argentino: la macro mejora más rápido que los bolsillos, y los bolsillos tardan mucho más en creerle a la macro que la macro en cambiar.
Mientras tanto, el mayorista —históricamente el refugio del stockeo, el lugar donde el argentino de clase media compraba en cantidad para cubrirse de la próxima remarcación— se desploma. Porque ya no tiene sentido stockearse si los precios no van a explotar mañana. O eso dice la teoría. En la práctica, el consumidor simplemente no tiene plata para stockearse. La diferencia importa.
El recorte silencioso de los gustitos
El dato más revelador del informe no es sobre precios. Es sobre lo que los argentinos resignaron sin hacer demasiado ruido. El 63% consume menos productos no esenciales —los famosos “gustitos”— que hace dos años. Solo el 14% se permite más que antes.
Pero el desglose generacional y socioeconómico es donde se ve la verdadera fractura. Las mujeres, la Generación X, los Baby Boomers y especialmente la clase media son quienes más ajustaron. El NSE Medio —ese segmento que siempre fue el motor del consumo masivo argentino, el que define tendencias, el que las marcas querían conquistar— aparece hoy como el segmento más tensionado. Atrapado entre ingresos que no recuperaron el poder adquisitivo perdido y una canasta que sigue cara aunque suba menos rápido.
En contraste, el consumo hedónico sobrevive mejor entre hombres jóvenes y sectores de NSE alto. Es decir: quienes tienen más plata siguen comprando lo que quieren. Revelación de la semana.
La góndola como campo de batalla
La apertura comercial, uno de los pilares del programa económico actual, empieza a asomar en la góndola. Un 35% de los consultados percibe más oferta de productos. No es una mayoría, pero es una señal. El problema es que esa señal llega de manera desigual: la ven más los hombres jóvenes de clase alta —el segmento menos afectado por la crisis, el más propenso a explorar— y mucho menos quienes están en los márgenes del consumo.
Cuando se les pregunta qué cambió, los que sí perciben más oferta lo describen principalmente como nuevas marcas (71%) y mayor variedad de precios (70%). El producto importado está llegando. Y en el rubro donde más se nota, con notable sinceridad de mercado, es en Snacks y Golosinas: el 68% de quienes perciben novedades importadas las ubica ahí. El país que no puede comprar carne con la frecuencia de antes descubre chocolates brasileños y papas fritas de origen asiático en el kiosco.

Lo que sí es contundente: cuando se ve la novedad, se compra. El 77% de quienes percibieron más oferta ya probó algo nuevo. La decisión ocurre en la góndola, no en publicidad televisiva (apenas 7% de los que probaron novedades lo hicieron por influencia de la TV) ni en vía pública (9%). Las redes sociales, con un 20%, ya superan a la publicidad tradicional como disparador de compra. La TV como vehículo de lanzamiento de marcas masivas está técnicamente muerta en este segmento demográfico.
Ingeniería de la supervivencia
Frente a los aumentos, la primera reacción del argentino no es abandonar el producto. Es buscar la marca más barata (29%), esperar ofertas (24%) o ir a otro comercio donde esté más barato (19%). Solo el 11% directamente deja de comprar ese producto. Es una cultura de adaptación que se ha ido perfeccionando durante décadas de inflación crónica. El consumidor argentino tiene un Master en sobrevivir el mercado interno.
Pero hay un límite a cuánto se puede optimizar la compra sin resignar calidad de vida. Y ese límite, para una franja significativa de la población —la clase media, las mujeres, los mayores de 43— ya se alcanzó.
Lo que el informe no dice, pero los datos sugieren
El estudio concluye con siete “accionables” para marcas y fabricantes que quieran aprovechar el nuevo escenario. Son razonables, técnicamente bien construidos y, en su mayoría, bastante convenientes para quienes venden cosas. Priorizar la góndola, activar redes sociales, bajar la barrera de prueba.
Lo que no dice —porque no es su trabajo decirlo— es que detrás de cada estadística hay una decisión cotidiana que pesa. La de la mujer de clase media que no compra el yogur de marca porque está 40% más caro que el genérico. La del jubilado que cambia de supermercado tres veces por semana para aprovechar las ofertas. El adolescente de la Generación Z que sí ve más oferta, sí prueba cosas nuevas, y tiene la suerte de no ser él quien paga la factura del super.
El consumidor argentino no está comprando más, concluye el informe con honestidad. Está explorando más. Es una distinción elegante. También es otra forma de decir que el mercado se mueve, pero el bolsillo, todavía no.
Fuente: Monitor Nacional de Consumo Masivo, Taquion. Encuesta online, alcance nacional, 651 casos efectivos. Febrero 2026. Error muestral ±3,8%





