InicioOpiniónEl avión, la casta y las contradicciones del poder

El avión, la casta y las contradicciones del poder

La política argentina tiene una extraña habilidad para tropezar siempre con la misma piedra. A veces la piedra tiene forma de discurso inflamado; otras, de avión presidencial. Esta vez, curiosamente, fue ambas cosas al mismo tiempo.

Manuel Adorni, ahora también jefe de Gabinete, había ordenado limitar al máximo las comitivas oficiales. En la teoría, la austeridad debía transformarse en bandera moral. En la práctica, tres semanas después subió a su esposa al viaje con Javier Milei a Estados Unidos. Y como es él mismo quien autoriza excepciones, la excepción fue tan sencilla como firmarse a sí mismo el permiso.

Desde la Casa Rosada intentaron explicar que, si sobraba un asiento, no había mayor problema. Milei lo defendió con el argumento del costo marginal: el avión vuela igual, el gasto no cambia. Y es cierto, el combustible no entiende de parentescos. Lo que el razonamiento omite, sin embargo, es algo más simple: cuando el Estado se mueve, cada asiento suele reservarse para alguien que aporte valor a la misión. El problema no fue el asiento. Fue el contraste con la prédica.

Parte de la reacción pública no surgió por el hecho en sí, sino por el tono previo. Porque cuando se exagera la austeridad como bandera, cualquier excepción se vuelve un espejo incómodo.

Y el espejo se volvió aún más incómodo cuando Adorni intentó justificar el episodio. Dijo que su esposa había comprado y perdido un pasaje de 5.000 dólares y que él se había “deslomado” trabajando en Nueva York. No era ironía. Era una explicación literal.

Ahora bien: viajar en el avión presidencial, alojarse en un hotel cinco estrellas, caminar por Central Park entre reuniones diplomáticas y cenas institucionales puede ser una agenda intensa, sin duda. Pero la palabra “deslomarse” en ese contexto generó un ruido que resonó en un país donde millones de personas se levantan antes del amanecer para sostener un salario cada vez más flaco.

El propio Adorni terminó reconociendo que la palabra no había sido la adecuada. A veces la política tropieza no por lo que hace, sino por cómo lo cuenta.

Y entonces apareció el fuego amigo. Periodistas cercanos al oficialismo comenzaron a cuestionarlo. En el universo libertario, Adorni es también una extensión política de Karina Milei. Por lo tanto, pegarle a Adorni es tocar indirectamente el círculo íntimo del poder.

Como si faltara algo más en la trama, reapareció otro episodio: el vuelo privado a Punta del Este. Allí entró en escena el periodista Marcelo Grandio, quien primero dijo que el viaje lo había pagado Adorni, luego que cada uno pagó su parte y finalmente que el dinero provenía del Estado. “Tengo el recibo del recibo”, dijo en televisión. El documento, por ahora, sigue siendo un fantasma administrativo.

El resultado fue un clásico operativo político: el Presidente tuiteando apoyo, Karina Milei ratificando su respaldo, ministros saliendo a “bancarlo”, mientras el Gobierno responsabilizaba a la “basura mediática” y a los “kukas” por el mal momento.

Lo curioso es que ese mismo mecanismo había sido objeto de burla por parte de Milei en el pasado. Cuando los criticados no podían defenderse, decía entonces, acusaban a sus detractores de conspiradores o militantes opositores.

La política argentina, en ese sentido, tiene algo de teatro circular. Las frases vuelven, los gestos se reciclan, los discursos envejecen más rápido que los hechos.

Finalmente, Adorni aplicó la fórmula clásica de manual de crisis: pedir perdón por la forma, no por el fondo. Se disculpó por la palabra “deslomarse”, pero no mencionó el viaje de su esposa ni el vuelo privado. Tampoco respondió una pregunta elemental: a nombre de quién se facturó el vuelo a Punta del Este. Finalmente, después que el golpe pegara en la línea de flotación, concedió el error: “Si pudiera volver atrás, evidentemente mi mujer no se hubiera subido”, aseguró el funcionario. El daño estaba hecho.

Mientras tanto, otra historia comienza a asomar por debajo del ruido político. Una más silenciosa, pero mucho más profunda.

En medio del cierre de industrias, el presidente Milei refuerza la idea de que ante el cambio de paradigma que trae la inteligencia artificial muchas empresas deberán desaparecer. En su visión, la batalla cultural ahora se libra contra los “empresaurios prebendarios”, una nueva categoría que reemplaza a la vieja “casta” como antagonista narrativo.

El problema es el tiempo intermedio, ese espacio incómodo donde las teorías económicas todavía no llegan a la vida cotidiana. Porque mientras la discusión ideológica se libra en redes sociales, miles de familias enfrentan despidos, inflación persistente y supermercados que remarcan precios con una regularidad casi mecánica.

Algunos sectores industriales, especialmente vinculados al petróleo y al plástico, ya hablan de listas de precios que desaparecen o reaparecen con aumentos inesperados. La inflación oficial dice una cosa; el changuito del supermercado suele contar otra historia. Si se hubiese adoptado el nuevo método de medición del INDEC, febrero hubiese cerrado en 3,1%.

En paralelo, la política ya empezó a mirar el calendario. El 2027 aparece en el horizonte como una estación inevitable.

Dentro del oficialismo creen que el año puede transitarse con relativa estabilidad. Confían en que la economía mejore gradualmente y en que el Mundial funcione como un punto de inflexión emocional.

En la Ciudad de Buenos Aires, Adorni todavía aparece como posible candidato a jefe de Gobierno. Habrá que ver si el “aviongate” logra erosionar ese proyecto o si termina diluyéndose en la velocidad del ciclo mediático.

Patricia Bullrich, según comentan en su entorno, no se ve compitiendo allí. Prefiere un lugar en una fórmula nacional, donde su experiencia parlamentaria pesa más que cualquier campaña local.

En la Provincia de Buenos Aires, las piezas también empiezan a moverse. Santilli y Pareja caminan el territorio, mientras Santiago Caputo observa con preferencia a Agustín Romo, aunque sus acciones hoy parecen en baja.

Mauricio Macri, por su parte, administra sus pocos puntos como si fueran fichas de ajedrez. No le alcanzan para imponer, pero sí para hacer daño y negociar. Su apuesta sería preservar la Ciudad de Buenos Aires como bastión político, a cambio de acuerdos en otros distritos.

Incluso algunos mencionan un posible acercamiento con Horacio Rodríguez Larreta, que mañana anunciaría nuevamente que comienza a trabajar para ser jefe de Gobierno. Hoy de piso, tiene 8 puntos. En política, las enemistades suelen durar menos que las encuestas.

El peronismo, también tiene nombres para la Provincia de Buenos Aires, pero la jugada que algunos consideran capaz de alterar el mapa electoral en ese distrito, sería la del Pastor Evangélico Dante Gebel encabezando la candidatura. “Es un muy buen candidato”, admite un ministro nacional que cree que esa jugada complicaría la victoria bonaerense para los libertarios.

Ya comienzan a haber versiones distintas de adelantamiento en la Provincia de Buenos Aires. Algunos empiezan a hablar del trimestre Abril-Mayo-Junio.

Del mismo lado del tablero, el peronismo nacional intenta reorganizar sus tribus. En Entre Ríos planean un encuentro amplio que reúna a referentes cercanos a Sergio Massa, Axel Kicillof y otros dirigentes como Pichetto. El peronismo pretende ir unido.

La política se prepara para la próxima carrera, como siempre.

Pero mientras los estrategas dibujan futuros posibles y los dirigentes discuten candidaturas, la vida cotidiana sigue su propio ritmo. Y para muchos argentinos ese ritmo ya no es un debate ideológico ni un juego electoral.

Es simplemente llegar a fin de mes.

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