Uno de los fenómenos más preocupantes del presente es la naturalización del agotamiento.
Trabajar 12 o 14 horas diarias. No desconectar nunca. Sentir culpa por descansar. Defender condiciones laborales que hace pocos años hubieran sido consideradas abusivas.
No se trata de falta de inteligencia. Se trata de subjetividades agotadas.
Cuando el contexto se vuelve incierto y amenazante, muchas personas intentan recuperar sensación de control a través del sobreesfuerzo. “Si trabajo más, valgo más. Si aguanto más, merezco más.”
Pero el cuerpo tiene límites. La mente también.
El problema no es el esfuerzo. El problema es la glorificación del sacrificio permanente.
Una sociedad que premia la autoexplotación termina erosionando su propia salud mental colectiva. Aparecen cuadros de ansiedad crónica, irritabilidad, trastornos del sueño, dificultades vinculares. Y, paradójicamente, más agresividad social.
El descanso no es debilidad. Es condición de salud.
Cuando el maltrato se internaliza y se vota, se defiende y se reproduce, estamos frente a un fenómeno más complejo que una simple diferencia ideológica: estamos frente a una subjetividad que perdió referencias claras sobre su propio valor.





