“¿Podemos incluir una escena espectacular en los primeros cinco minutos? Queremos que la gente se quede”.
Esta fue la pregunta que los ejecutivos de Netflix le hicieron al reconocido actor Matt Damon, protagonista de “El Botín”, junto a su compinche Ben Affleck. Una pregunta que saca a la luz un mito verdadero con el que el streaming jugaba al despiste: narrar para los adictos al teléfono.
Explicaciones predecibles, falta de sutileza en los diálogos y una narrativa básica es lo que predomina en las producciones audiovisuales de la actualidad. Un atentado a la creatividad que con estas declaraciones, se ha vuelto real para volver a cuestionar el giro que el séptimo arte está dando.
La clásica estructura de tres actos (Principio, Nudo y Desenlace), con la que todo veterano actor se crió, ahora será reemplazada por repetir hasta cinco veces la trama en los diálogos para lograr retención en el público, que suele estar con el teléfono mientras ve la película. Una verdadera locura.
Frente a este panorama desolador, la respuesta de la dupla dorada de Hollywood no ha sido solo la queja, sino la acción directa. Con la fundación de su productora Artists Equity, Damon y Affleck no solo buscan que el iluminador o el sonidista cobren una parte de las ganancias (un modelo de justicia laboral inédito); buscan, fundamentalmente, blindar la visión del autor frente a las tijeras del algoritmo.
La paradoja es total: mientras Netflix les pide un “gancho” de feria cada cinco minutos para que el espectador no se pierda en TikTok, ellos intentan rescatar la mística de la sala oscura, donde el silencio y la espera son parte de la experiencia. Con películas como Air o la reciente Small Things Like These, la productora se erige como una suerte de resistencia cultural. Es el cine intentando recordar que no es “contenido”, sino lenguaje.
Lo que Damon y Affleck denuncian es la transformación del espectador en un usuario de métricas. Si el guion se vuelve un tutorial repetitivo es porque la industria ha decidido que ya no somos capaces de procesar la ambigüedad. La narrativa básica y la falta de sutileza son los síntomas de una enfermedad mayor: el miedo al bostezo del consumidor.
Al final, la batalla de Artists Equity es la batalla de todos los que amamos el séptimo arte. Porque si el cine se rinde ante el scroll infinito, dejará de ser una ventana al mundo para convertirse en un simple activo de una hoja de cálculo. Y ahí, ni todo el carisma de Matt Damon podrá salvarnos del vacío digital. El cine, si quiere sobrevivir, debe volver a confiar en nuestra inteligencia. O al menos, en nuestra capacidad de dejar el teléfono en el bolsillo durante dos horas.





