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La tragedia del festejo: lo ocurrido en Mendoza pone en jaque más que un aula

El 27 de noviembre de 2025, un hecho que parecía un festejo más —el tradicional “Último Último Día” (UUD) en un colegio de quinto año— terminó por convertirse en un enorme desastre institucional. Unos 115 estudiantes del Colegio Universitario Santa María, dependiente de Universidad Champagnat (Godoy Cruz, Mendoza), destrozaron pasillos, aulas, mobiliario y espacios comunes tras la negativa de las autoridades a concederles libre al día siguiente.

El episodio no quedó allí: más allá de la conmoción, la institución aplicó sanciones sin precedentes: 20 amonestaciones por alumno, pérdida automática de la regularidad, y la obligación de rendir todas las materias como “alumnos libres”. Pero también se dispuso un “Plan de Trabajo de Reparación y Recapacitación Escolar”: limpieza, reconstrucción del espacio, actividades comunitarias, talleres de convivencia, reflexiones sobre normas y responsabilidad.

Ese viraje —de la lógica punitiva a una estrategia con componente educativo— convoca a una pregunta crucial: ¿qué falló para que un festejo estudiantil se transformara en destrucción? ¿Y qué evitaría que algo así se repita? La respuesta tiene mucho que ver con la ausencia de formación en habilidades sociales y resolución de conflictos.

¿Por qué la educación en habilidades sociales es esencial para prevenir crisis de convivencia?

1. Las normas no alcanzan: hace falta interiorización

Las instituciones suelen establecer reglamentos, sanciones y consecuencias ante el incumplimiento. Pero normas formales —por sí solas— no garantizan respeto, empatía, autocontrol o sentido de pertenencia. Lo que permite que un grupo transforme la frustración en violencia física es, muchas veces, la falta de competencias emocionales y sociales. En el caso de Mendoza, los estudiantes no sólo arrojaron carpetas: la protesta incluyó insultos, desobediencia, agresión simbólica hacia la institución, lo que indica un quiebre de convivencia y comunidad.

La educación en habilidades sociales —pensar antes de actuar, comprender el impacto colectivo de lo individual, brindar alternativas pacíficas para expresarse— permite que la norma no sea solamente una imposición sino parte de una construcción compartida de cuidado mutuo.

2. Prevención del conflicto real: anticipar disconformidades y gestionar emociones

Los festejos estudiantiles como el UUD suelen implicar expectativas sociales, deseos de cierre simbólico, ansiedad frente al fin de la secundaria. Cuando esas expectativas no son escuchadas o son frustradas, puede generarse resentimiento, presión grupal, necesidad de “desquite”. Sin herramientas de regulación emocional, reflexión grupal, diálogo asertivo, las emociones de inconformidad pueden explotar en forma destructiva.

Formar a jóvenes —desde la escuela— en empatía, comunicación asertiva, reconocimiento de límites propios y ajenos, manejo de frustraciones, resolución pacífica de conflictos, fortalece su capacidad de transitar crisis sin recurrir a la violencia.

3. Convivencia como aprendizaje continuo: responsabilidad individual y colectiva

La decisión de la institución mendocina de implementar un plan de reparación y recapacitación escolar (no sólo castigar, sino promover reflexión, responsabilización, reparación comunitaria) es un paso valioso. Pero este tipo de medidas llegan tarde si no hay una base de formación continua en convivencia.

Las habilidades sociales deben integrarse en la vida cotidiana de las escuelas: proyectos de mediación de conflictos, espacios de diálogo, aprendizaje del respeto mutuo, responsabilidad compartida. Así, cada conflicto se vive como oportunidad de aprendizaje, no como estallido destructivo.

4. Educar vínculos: más allá del contenido académico

La escuela no debe ser solo transmisora de conocimientos técnicos o disciplinarios. Debe ser agente formador de vínculos, de ciudadanía, de cooperación. Cuando los estudiantes conversan, se reconocen como parte de una comunidad, establecen acuerdos, entienden consecuencias, construyen identidad colectiva. Esa experiencia de pertenencia es clave para prevenir actos de violencia o destrucción que menoscaben la convivencia.

En el episodio de Mendoza, la destrucción del espacio fue, simbólicamente, una ruptura del tejido comunitario; restaurar las paredes no alcanza si no hay reparación de los vínculos.

Qué puede hacerse —y por qué es urgente implementar una educación en habilidades relacionales

  • Incorporar en los planes de estudio espacios regulares de educación emocional, resolución de conflictos, comunicación no violenta.
  • Promover talleres de mediación estudiantil, donde los alumnos aprendan a dialogar, escuchar, negociar, expresar molestias de modo no agresivo.
  • Fomentar proyectos comunitarios, responsabilidades compartidas, sentido de pertenencia al colegio como espacio colectivo.
  • Capacitar docentes y directivos en técnicas de liderazgo relacional, escucha activa, diálogo, apertura al conflicto como oportunidad de aprendizaje.
  • Acompañar sanciones con procesos pedagógicos: reflexión, reparación, responsabilización; no limitarse al castigo.

La formación en habilidades sociales no es un adorno: es central para garantizar que las instituciones educativas cumplan su rol como espacios de desarrollo humano, convivencia, y construcción de comunidad.

El estallido ocurrido en Mendoza funcionó como una alarma: cuando la frustración, la rabia, la indignación se combinan con la presión de grupo y la ausencia de canales constructivos, lo que debería ser una celebración se convierte en violencia. Pero no se trata solo de un problema de disciplina: es un síntoma de una carencia más profunda: la falta de formación en relaciones humanas.

Si aspiramos a escuelas que formen ciudadanos, no solo técnicos o estudiantes, es urgente convertir la enseñanza de habilidades sociales —empatía, diálogo, resolución de conflictos, responsabilidad colectiva— en parte sustancial del curriculum. Solo así evitaremos que un festejo termine en destrucción, y construiremos comunidad en lugar de fractura.

El plan de reparación ordenado por la institución mendocina es un paso —necesario, urgente— pero no es suficiente. La verdadera transformación exige una apuesta educativa a mediano y largo plazo: formar vínculos, no solo alumnos.

IG adriandallastaok       

www.fundacionpadres.org                                                                                                                                                         

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