Hay una risa que no es genuina.
Una que se activa por reflejo, por costumbre, por no desentonar.
Una sonrisa que sostiene cuando ya no hay energía real.
“¡Todo bien, vos?”
Y por dentro… el cuerpo cansado, el alma apagada, la mente pidiendo pausa.
Nombrar esto no es quejarse.
Es dejar de actuar un entusiasmo que no existe.
Es empezar a reconocer el desgaste de “ponerle onda” cuando lo que se necesita, en realidad, es descanso.
Muchas veces, sobre todo quienes acompañamos a otros (me refiero a no sólo a los terapeutas, sino acompañar un familiar enfermo, un hijo con situaciones particulares, un hermano divorciándose, etc.), aprendemos a disimular.
Nos volvemos expertos en “estar bien” aunque no lo estemos.
Y eso, sostenido en el tiempo, agota. Aísla. Enferma.
El cuerpo sabe antes.
Y cuando la risa se vuelve una máscara, es momento de escuchar.
¿Te pasa esto? ¿Sentís que nadie se da cuenta del esfuerzo que hacés por sostener todo?
Podemos trabajar juntos para empezar a priorizarte.
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