Porto Seguro, Brasil. Sol, playa, música, euforia. El “viaje soñado” de los chicos que terminan el colegio.
Pero también, cada año, el mismo saldo: comas alcohólicos, internaciones, peleas, excesos y descontrol.
Y la pregunta que muchos preferimos evitar: ¿hasta cuándo nos vamos a hacer los bol..dos?
Porque Porto Seguro se volvió un símbolo, y no precisamente del disfrute o la celebración. Es el reflejo perfecto de lo que pasa cuando los adultos —padres, colegios, instituciones— elegimos ser espectadores de un modelo de “diversión” que nos estalla en la cara.
Un viaje pensado para festejar el cierre de una etapa, termina mostrando lo mal que venimos educando en la apertura de otra.
Ambientes que enferman
Las conductas no aparecen de la nada. Son el resultado del ambiente en el que se gestan.
Si un chico crece en un entorno donde la pertenencia se mide por cuánto consume, donde el silencio vale más que el límite, y donde los adultos acompañan sin intervenir, el final es predecible.
El ambiente, más que las palabras, condiciona.
Y cuando los ambientes emocionales son pobres o indiferentes, los chicos buscan intensidad donde puedan.
Hoy, esa intensidad está en el descontrol, en el exceso, en la fuga.
Porto Seguro no es el problema. Es el síntoma.
El síntoma de una cultura que confunde libertad con abandono, y celebración con anestesia.
La complicidad del silencio
Todos lo sabemos: los videos que circulan, las imágenes de jóvenes inconscientes, las noches que terminan en guardias médicas, el dinero obsceno que se gasta para “vivir la experiencia”.
Y sin embargo, seguimos callando.
Los colegios lo ven, los padres lo comentan, los medios lo muestran… pero nadie se hace cargo.
“Es el viaje de egresados, déjenlos disfrutar”, “peor sería que estén acá haciendo cualquier cosa”, “yo también hice lo mismo”…
Excusas que encubren una verdad incómoda: nos da miedo intervenir.
Preferimos pagar, delegar, mirar desde lejos.
Como si educar terminara con la entrega del título secundario.
Sin ambientes saludables no hay conductas sanas
No hay límite que se sostenga si el entorno no lo acompaña.
Si en casa no se conversa, si el colegio no educa en emociones, si la sociedad aplaude el exceso como sinónimo de libertad, entonces el desastre no es casualidad: es consecuencia.
Un ambiente emocionalmente saludable no se logra con discursos, sino con coherencia.
Con adultos presentes, que escuchen, que acompañen, que se animen a decir no, aunque eso implique ser impopulares.
Porque mientras nosotros discutimos si exageramos o no, hay chicos intoxicados en un hotel de Brasil creyendo que ser grandes es eso.
Es hora de intervenir
Este no es un llamado a prohibir los viajes. Es un llamado a repensarlos.
A que los colegios asuman su rol formativo más allá de los contenidos.
A que los padres dejemos de tercerizar la educación emocional en agencias de turismo.
A que el Estado deje de mirar para otro lado ante prácticas que bordean la vulneración de derechos.
Porto Seguro debería ser un viaje de cierre, no una postal de riesgo.
Un punto de llegada, no el inicio de un patrón de consumo que después se repite con el alcohol, el vapeo o las drogas.
No se trata de arruinarles la fiesta.
Se trata de que la fiesta no termine arruinándolos a ellos.
Y si seguimos callando, negando o naturalizando, entonces sí, el nombre del destino se vuelve literal: Porto Inseguro.
Porque nada está más en riesgo que una generación creciendo en ambientes donde los adultos —otra vez— elegimos mirar y no actuar.
IG: adriandallastaok





